Un paseo por Michigan Avenue

                                            Vista de Michigan Avenue desde Millenium Park


Comenzaba a declinar el día, nuestro primer día en la ciudad. Bajamos por Michigan Avenue, por la orilla de Millenium Park, cruzamos Monroe St, seguimos caminando por Grant Park hasta Jackson Blv., dejando atrás el Art Institute of Chicago y decidimos dar la vuelta para dar un largo paseo por la Michigan en dirección norte. El tono dorado de la luz del atardecer resaltaba el perfil imponente de los edificios de la avenida, que comenzaban a adornarse con las primeras luces interiores.


Michigan Bridge (cruce de Michigan Avenue con Wacker Drive, mirando hacia el sur)



El conjunto de obras de arte de la arquitectura moderna es único. Se puede comenzar a enumerarlas por el Hotel Hilton, edificio de cuerpo de ladrillo visto con aspecto de enorme kit-kat que no acaba de ser de mi gusto, a pesar del glamour que lo rodea (no en vano contiene la suite más cara de Chicago, por la que han pasado todas las celebridades imaginables) y de que parece ser, por lo que he leído y visto en las películas (véase la versión moderna de ‘El Fugitivo’), que sus salones son simplemente espectaculares. No es difícil imaginarse a Frank Sinatra, Dean Martin o Tony Bennett cantando para un puñado de millonarios en esos salones.

(Hotel Hilton, más arriba y vista de Michigan Avenue con el hotel Hilton a la izquierda)


Siguiendo en dirección norte por la avenida Michigan destacan los edificios Auditorium, Fine Arts, de estilo neorrománico, y Santa Fe. En la otra orilla de la avenida, entre Millenium Park y Grant Park, se encuentra un extraordinario museo del que más tarde hablaré: el Art Institute of Chicago. Al cruzar de nuevo Millenium Park sentí un pellizco en la espalda y temí que la caída a plomo desde aquel bordillo norteamericano me fuera a fastidiar la fiesta. De forma casi involuntaria, llevé mi mano a la zona pellizcada y el gesto debió de ser lo bastante expresivo como para que un tipo delgado, no muy alto, de edad indefinida, con gabardina ligera, sombrero gris perla y gafas de sol negras, se me quedara mirando unos instantes. Su aspecto de Frank Sinatra algo venido a menos chocaba un poco, sobre todo en una tarde espléndida.


Cruzada Randolph St, Michigan Avenue gana su orilla derecha. En su orilla izquierda, un edificio me llamó especialmente la atención: el Carbide & Carbon building, de Daniel Burnham. Es un elegante edificio de color verde oscuro y detalles dorados (como su cúpula), al que yo llamaba 'la pluma estilográfica'. En la actualidad es el 'Hard Rock Hotel'. Muy cerca, algo más al norte, ya en Wacker Drive, se encuentra otro precioso y estilizado rascacielos de principios de siglo pasado, al que acabé llamando 'el boli'. La foto siguiente muestra las cimas de la pluma y del boli.

Al atardecer, los reflejos del sol en el edificio le hacen parecer una auténtica joya.



Integrado en el skyline, en una de las zonas de mayor concentración de edificios históricos de Chicago (Chicago landmarks), se puede apreciar su elegancia y su diseño esbelto.


Después de echar un vistazo al vestíbulo dorado del Hard Rock Hotel y a su escaparate (qué dominio del merchandising tiene esta gente), quedaba poco para llegar a uno de los centros neurálgicos de Chicago: el cruce de Michigan Avenue con el río Chicago, un impresionante espacio urbano que reúne los mejores ejemplos de la arquitectura americana, rascacielos que parecen catedrales (o catedrales como rascacielos) negóticos, neorrománicos, neoclásicos, entre los que destacan el Wrigley Building (con cúpula inspirada en la Giralda de Sevilla), el Tribune Building (edificio neogótico que luce incrustados en sus paredes piedras de lugares y edificios únicos en el mundo y un pedazo de piedra lunar), el 35 de East Wacker Drive y el Hotel Intercontinental. El aire retro de tan magnífica colección de edificios recuerda escenas de películas de gángsters, pero también a Gotham, la ciudad de Batman, y no precisamente por lo sombrío de ésta.  


Edificios Wrigley y Tribune

Continuamos por Michigan Avenue hacia el norte con la sensación de estar narcotizados por el cansancio del viaje, por el jet lag y por las luces de la ciudad, que iban apareciendo con mayor intensidad a medida que caía la noche. Era la hora de buscar un sitio para cenar. Fuimos sin dirección por las calles cercanas a North Michigan Avenue y por un momento me pareció que el Frank Sinatra venido a menos, que poco antes volvimos a ver salir del Hard Rock Hotel, acababa de cruzar la calle y tomaba nuestra dirección: ¿nos seguía?. No habíamos pensado invitar a cenar a nadie, al menos esa noche.


Deep dish pizza


A las 8,30 hora de Chicago (3,30 de la madrugada en España) buscábamos un sitio para cenar. Nuestra idea era encontrar algún sitio de comida rápida y habíamos leído que Giordano's era un restaurante italiano muy popular en Chicago pero, aunque sabíamos que estaba por la zona, desconocíamos su exacta ubicación.



Entramos a varios restaurantes y, a esas horas, todos estaban hasta los topes. Lo intentamos en un italiano (la mayoría de restaurantes de Chicago son italianos, o al menos esa impresión tuve) de nombre 'Volare' que tenía una muy buena pinta, pero había que esperar demasiado. El local estaba repleto de gente de mediana edad y mayor aún, algunos de los cuales podrían haber pasado perfectamente por Domenico Modugno y su familia. El precio no era excesivamente caro y la carta era bastante amplia.


Fuimos en busca de Giordano's y lo encontramos. Resultó ser un espacio agradable, con cierto aire italiano, pero muy americano. Teníamos que esperar 45 minutos para que nos dieran mesa, de modo que salimos en busca de cualquier otro. No lejos de allí nos encontramos con una pizzería llamada 'Due'. En la calle había una pequeña terraza donde la gente esperaba su turno para una mesa. Se avisaba por una megafonía que, en un sonido infame, iba llamando a cada turno de manera ruidosa e ininteligible.
El comedor se encontraba en un sótano al que se accedía por una escalera estrecha llena de gente. Cuando estábamos haciéndonos a la idea de que esa noche cenaríamos en un McDonald's, un chico nos invitó a llegar hasta una especie de recepción de pedidos en la que dos chicas hispanas, en un perfecto inglés, nos dijeron que si hacíamos el pedido en ese momento tendríamos que esperar unos 25 minutos para que nos dieran mesa y que ese era aproximadamente el tiempo en que el pedido estaría listo. Bueno, no está mal, pensamos, y decidimos quedarnos. Ya en español, atendiendo mi petición de que se expresara en nuestro idioma, nos invitó a pasar a la barra del comedor y tomar algo si nos apetecía. El bullicio del lugar nos animó a pedir una cerveza en una barra que me recordó a la de la serie Cheers. La atmósfera de ciertos establecimientos sugiere que nacieron con vocación de permanecer, una pulcritud y cuidado en llevar el negocio con la mejor cara, algo que, desafortunadamente, en mi opinión, no suele verse en un país tan infectado de bares como España. En este sitio había un gran ambiente, la gente hablaba en voz alta pero sin gritar y parecía que estaban relajados, pasando un rato agradable, charlando y bebiendo.
Una pareja típica norteamericana con aspecto de acabar de salir de un garito de country del medio oeste reparó en nosotros, tal vez por nuestra cara de despiste, y nos ayudó a pedir una cerveza, que las hay de varios tipos. Pedimos una 'dark beer', por recomendación de él. Muy rica. Al pagar, él con un palillo mondadientes en la boca y ella en tono jocoso, nos conminaron a que dejáramos propina. Pagamos diez dólares por dos grandes vasos de cerveza y añadimos un dólar más. La mujer, que llevaba un sombrero tejano y unas buenas botas de cowgirl, nos hacía gestos para que fuéramos algo más generosos. Al punto sonó mi nombre por la megafonía, seguido de un número que siempre se escuchaba a continuación de cada nombre y que la mayoría de las veces era 42 ó 45. No supe por qué.



Nuestra cena iba a consistir en dos pizzas de tamaño mediano del estilo típico de Chicago conocido como  'deep dish pizza', un mazacote que se sirve en la sarten en la que se cocina, con el rabo y todo, con las dimensiones de una tortilla de patatas de una docena de huevos, que calmaría la voracidad de un regimiento de marines después de un asalto. A mí me pareció eso, un mazacote, armado con una contundencia a prueba de una tonelada de sal de fruta, pero no se podía dudar de su éxito a juzgar por el trasiego de sartenes en aquel lugar. Las nuestras tenían mucho pimiento y, sobre todo, queso y tomate de sabor fuerte y consistente. A pesar de que sólo comimos la mitad de una y un cuarto de la otra, casi no podía levantarme de la silla después de la experiencia.
Cuando acabamos, el camarero nos preguntó que si nos preparaba los restos para llevarlos. Le dijimos que no y nos puso cara de no acabar de creérselo: nosotros tampoco podíamos creer que muchísima gente se pudiera llevar eso a casa, como así ocurría.



Aunque suelo fotografiar todo lo que se me pone por delante, no he logrado encontrar las fotos que hice a mis 'deep dish pizzas', por lo que, aunque no es mi costumbre, pongo una foto sacaba de la red, para que os podáis hacer una idea. Bon appétit!.

Jet lag


A las diez de nuestra primera noche en la ciudad estábamos exhaustos: era hora de regresar al hotel y tirarse a la cama. Arrastrando los pies y con la deep dish pizza aporreando las paredes del estómago desanduvimos el camino desde la pizzería hasta Michigan Avenue, y desde allí hasta el hotel.

A pesar de que era noche cerrada, la luz en el cielo me parecía crepuscular, no sé si debido a las luces de la ciudad, al estado de mis facultades perceptivas, o a ambas cosas. El paseo de vuelta discurría despacio y las cosas las percibía algo distorsionadas, como si estuviera narcotizado. La avenida Michigan me pareció tan limpia de noche como de día (no pude evitar compararla con la calle Fuencarral y sus contenedores rebosantes en un sábado por la noche) y los escaparates de ese magnífico tramo de avenida, llamada con acierto 'Magnificent Mile', relucían como los chorros del oro.



Puede que los ojos me hicieran chiribitas, no me habría extrañado. Sí recuerdo la forma de detenerme en los detalles, aun sin intervención de mi voluntad: el tiempo se dilataba cada vez que algo atrapaba mi atención. Pero ese estado cuasi místico no era una experiencia religiosa, ni se debía a una ingesta excesiva de alcohol, ni a haber fumado (yo no fumo) ni tampoco creo que estuviera inducido por la deep dish pizza Chicago style, que empezaba a notarla como un engrudo en mi estómago. Era, probablemente, 'jet lag'.


En ese estado, que a cualquier efecto penal podría considerarse un atenuante, pude disfrutar por primera vez de la cara nocturna de la ciudad, que abría paso, majestuosa, a un pequeño río reflectante. Durante unos minutos estuve asomado al río desde una barandilla, al lado del edificio Wrigley, y el resplandor frío hacía que todo pareciera más brillante.



Un poco más despejado y con la cara casi helada entré en el vestíbulo del Hard Rock Hotel, quizás atraído por el dorado de sus paredes. Sonaba 'Time', de Pink Floyd. Me quedé recostado un rato contra la pared, notando su frialdad en mi coronilla, cuando vi salir por la puerta de la cafetería al tipo de la gabardina con aspecto de Frank Sinatra venido a menos. Unos barrenderos mantenían inmaculadas las aceras de la avenida que, a esta hora, poblaban unos pocos mendigos dispersos, los cuales, educadamente, pedían alguna moneda con un café caliente de Starbucks entre las manos. Quedaban pocos metros para llegar a 'casa'.


Early in the morning

A las cinco de la mañana ya estaba despierto. Hice un esfuerzo por dormirme, como me 'aconsejaba' mi madre cuando me obligaba a dormir la siesta en verano, pero fue en vano. Me daba pena despertar a Mich, de modo que encendí el ipod y busqué un blues tradicional llamado 'Early in the morning'. Encontré dos versiones que no se parecían en nada: una, de BB King y Van Morrison; otra, de Eric Clapton (canción nº 7 del playlist). Mecido en la ola de guitarra creada por 'mano lenta', no supe dónde me encontraba:

'Come and see me early in the morning,
Just about the break of day.
Do you want to see me hug my pillow
Where my baby used to lay?'


'Mano lenta' no consiguió que me durmiera de nuevo y Mich se despertó, de modo que a las seis de la mañana estábamos en la recepción del hotel, que hacía las veces de comedor, y allí nos encontramos con que ya había gente desayunando. Un discreto (pero aseado y a su vez completo) buffet nos esperaba. También nos esperaba Juan, el amable chico mejicano que ya mencioné. Era una persona educada, seria pero cálida, discreta, atenta y resolutiva. No sabría decir su edad, pero podría estar entre los 27 y los 30. Nos recibió en inglés, nos acompañó hasta una mesa y nos dijo que no dudáramos en avisarlo si necesitábamos cualquier tipo de ayuda. A la vista de sus rasgos, le pregunté que si no le importaba que habláramos en español. Con esa musicalidad mejicana que siempre me ha gustado, me dijo que ahorita sería un placer que nos pudieramos entender en nuestro propio idioma.
Encontrarnos con Juan en sucesivas ocasiones siempre era motivo de tranquilidad. Era el tipo de persona que hacía que te sintieras relajado y bien atendido. Siempre estaba pendiente de las necesidades de los clientes, un comportamiento que, por desgracia, no es del todo habitual en nuestro país. Se podría decir que Juan es de ese tipo de personas que predisponen a los demás a sentirse mejor en la ciudad que se visita y a ver ésta con mejores ojos. Más tarde contaré el gran detalle que tuvo conmigo al marcharnos. Gracias Juan.


 (tomada de la web del Hotel Hampton Majestic, nuestro hotel)

Llené el estómago con dos boles de fruta troceada, huevos revueltos con beicon, dos descafeinados de cafetera ('decaf' en Estados Unidos) con leche, un par de bollos y dos 'Activia'  de melocotón de Danone ('Dannon' allí). Mich ingirió una cantidad similar de nutrientes.


Siempre he tenido complejo de 'buffetero', de zampabollos impenitente a quien le resulta difícil reconocer el límite entre la prudencia y el exceso, pero basta reparar un poco en la actitud de los demás ante un buffet para darse cuenta de que el 'buffeterismo' es común a la mayoría de los humanos: forma parte de la condición humana, podría decirse. El discreto, pero aseado, desayuno buffett del hotel podía desatar la gula más reprimida de cualquiera tanto como el más suculento manjar. Varias personas iban incorporándose al comedor-recepción, casi todos norteamericanos (y norteamericanas), de piel rosácea o morena, pero todos grandes y lustrosos, que hacían acopio de comida en los platos de forma que parecía  que se avecinaba una etapa de supervivencia para la humanidad. La delectación con que engullían los gofres era similar a la de los vecinos de Birmingham o de Tomelloso (por poner un ejemplo) en unas vacaciones 'todo incluído' en Tenerife o Benidorm (siempre por poner un ejemplo) ante el correspondiente buffet.



Bien nutridos tras la orgía (gastronómica), nos echamos a la calle a una hora todavía temprana. Desde el hotel, en Monroe St, hacia Millenium Park, la primera calle que cruza es State, punto de inicio de nuestra singladura.

State Street 7:30 a.m.



Me detuve justo antes de 'saltar' desde el bordillo para cruzar la calle, a pesar de que la imagen en el semáforo de un transeúnte en movimiento nos invitaba a hacerlo. El pellizco en la espalda debido al salto de bordillo del día anterior apareció de repente, así que decidí seguir hacia el norte por la misma acera. ¿Y si ese pellizco fuera un pinzamiento que me fuera a estropear el viaje?, pensé. ¿Y si fuera a más?
La tarde anterior fue buena, de modo que, confiado, me puse una camisa y una cazadora ligera de entretiempo sin saber que iba a pasar frío. ¿Y si ese frío fuese a agravar el pellizco en mi espalda hasta el punto de que me dejara disminuido?. Había que ir pensando en positivo si no quería arruinar el día.
A esa hora de la mañana, el frío y la rendija de cielo azul entre los edificios daban a la atmósfera la textura del cristal. El escaso tráfico y los pocos peatones permitían disfrutar la avenida desde cualquier esquina, incluso desde el centro de la misma.

Tengo entendido que State St. conoció tiempos mejores, antes de que la zona norte de Michigan Ave. eclipsara su esplendor, sobre todo el comercial. Incluso llegó a ser peatonal. Por entonces, y como prueba del brillo de esta calle, Sinatra cantaba: "On State Street, that great street,  I just want to say, They do things they don't do on Broadway...". A finales del siglo pasado las autoridades de la ciudad quisieron recuperar el viejo protagonismo de State poniendo en marcha varios proyectos a tales fines. Hoy sigue siendo una imponente avenida con edificios emblemáticos de la ciudad, como el edificio 'Reliance', que data de finales del siglo XIX y que es considerado el precursor del rascacielos moderno.

(edificio Reliance)

Otra joya arquitectónica de State St. es el edificio Carson Pirie Scott & Company. Data de finales del siglo XIX y durante muchas décadas fue sede de los grandes almacenes del mismo nombre. En la actualidad está siendo reconstruido. Es un ejemplo arquitectónico de la escuela de Chicago, con sus típicas ventanas, del que destaca el labrado en hierro de la fachada en las primeras plantas y en la esquina con Madison. Dicha esquina es el punto donde comienza el sistema de numeración de las calles de la ciudad (Madison determina el norte y el sur de las calles que la cruzan y State el este y el oeste).


(edificio Carson Pirie Scott & Company)

En dirección norte, en la orilla derecha de la calle, se encuentran los almacenes Macy's, antiguamente Marshall Field's, que ocupan una manzana completa. El edificio se reconoce a lo lejos por la cantidad de banderas norteamericanas que ondean en su fachada. También llaman la atención los bonitos relojes de las esquinas. Merece la pena una tarde de compras en Macy's, como contaré en otro momento.


 
Un poco más hacia el norte se encuentra otro emblemático edificio de la ciudad, el Chicago Theatre. Salvado del derribo, rescatado y restaurado, hoy ofrece musicales y conciertos. Su fachada está inspirada en el arco del triunfo de París y su luminoso es un referente de Chicago.


Desde la herrumbrosa estación elevada de trenes CTA que la cruza, se puede observar su parte sur en toda su dimensión, en la que se encuentran otros edificios de interés que exploramos en posteriores momentos.
Giramos por Randolph hasta llegar de nuevo a Millenium Park, saludamos a 'La Alubia', que nos devolvió una radiante sonrisa (dos mujeres latinas la limpiaban), y volvimos por Monroe hasta el Hotel Palmer House, casi enfrente de nuestro hotel. Allí activamos nuestra tarjeta Go Chicago y adquirimos unos tickets para un tour en autobús turístico: al fin y al cabo eramos turistas y teníamos derecho a ejercer de tales.

'The Top Banana' Chicago


Una de las primeras actividades que cualquier turista que se precie realiza cuando visita una ciudad es el oportuno paseo en autobús descapotable. A las 10:30 horas estaba prevista la salida del mismo frente a la puerta del Hotel Palmer House, en W Monroe St, justo enfrente de nuestro hotel. Nuestra tarjeta Go Chicago nos permitia hacer el tour gratis (así como otros dos más, uno por North Side y otro por South Side, pero no en el mismo día). Entramos en el fantástico vestíbulo del Palmer House y nos dirigimos a una de las tiendas de souvenirs de la planta baja del hotel, donde una empleada de la compañía Gray Line, la empresa de los autobuses, activaría nuestra tarjeta Go Chicago y nos daría los tickets del viaje y el itinerario.

                                   (vestíbulo del Hotel Palmer House)

A las 10:30 en punto comenzó nuestro paseo en un autobús bautizado con el simpático nombre de 'The Top Banana',  supongo que por el mismo motivo por el que a un vehículo similar de color rojo se le podría llamar 'The Top Tomato'. Un chico blanco típicamente norteamericano que se presentó como Tim o Jim (tal vez Tom o John) iba a ser nuestro guía. Mi primera sensación una vez tomado asiento fue la de un frío intenso, casi polar, a pesar de que la mañana era espléndida. Iba de entretiempo y fue un grave error.
Nuestro The Top Banana (en adelante TTB) era más bien modesto. Su amarillo algo desvaído y su porte discreto chocaban con el ornato de los autobuses de otras compañias, que podrían haber causado furor en cualquier desfile del orgullo gay. No era tal el menester de TTB.
Tim (o Jim), bien abrigado, agarró el micro con sus manos enfundadas en mitones, activó la megafonía, que emitió un áspero gruñido, y comenzó su particular espectáculo.

                             (Tim (o Jim), con la ciudad al fondo)

El paseo es recomendable en el sentido de que da una idea general del downtown de Chicago. La primera parte del recorrido transcurre por Michigan Avenue hacia el sur, hasta llegar al campo de los museos, desde donde gira hacia el norte, se desvía a Navy Pier, sigue hacia el norte hasta el John Hancock Center, Water Tower y baja por Clark para dirigirse hacia la Willis Tower (antes Sears, la torre más alta de América). Desde allí vuelve al punto de partida en Monroe. Se puede bajar y subir cuantas veces se desee a lo largo del día.

                       Jim (o Tim) y yo, de derecha a izquierda

Nada más presentarse, Tom (o John) (tal vez Tim, o Jim) nos dijo que ser demasiado feo para prostituirse era la razón por la cual se dedicaba a la profesión de guía turístico del TTB. Cuatro mujeres de mediana edad, probablemente solteronas de Wisconsin, reían a mandíbula batiente cada vez que Jim abría la boca. Una pareja de Madison hacía lo mismo. Yo no me enteraba de mucho pero siempre procuraba girar la cabeza de manera sincronizada con el grupo.



Entre chistes y anécdotas, Tim (se llamara o no así, así lo llamaré a partir de ahora) desgranaba su exposición con gracejo y profusión de movimientos tipicamente norteamericanos, me pareció. Su abuelo, que fue policía en Chicago, le contó numerosas anécdotas de gangsters y de personajes famosos, como Frank Sinatra, que luego él reproducía durante el recorrido para disfrute de las solteronas de Wisconsin y de la pareja de Madison. Yo habría disfrutado también mucho si hubiera entendido todo lo que Tim iba diciendo pero, a falta de un mayor nivel de inglés y de sociolingüística norteamericanos, que me impedían 'pillar' sus chistes, mi atención era captada por pequeños detalles: el sonido gutural de su voz; las saltarinas gotitas de saliva que se dejaban ver al trasluz al escapar de su boca, de las cuales muchas de ellas hacían diana en el micro...

                        Skyline desde TTB, a su paso por el Campo de los Museos

Más pendiente iba yo de las formas que del fondo del trabajo de Tim cuando éste pronunció la palabra 'Mussolini' y mis antenas se activaron de repente, como si se tratara de una alerta condicionada. Era una pequeña falsa alarma psicológica. TTB se dirigía hacia Soldier Fields y el Campo de los Museos, parte final de su recorrido sur. Muy cerca de allí, en el año 1833, durante la Exposición Universal de Chicago, aterrizaron los 24 hidroaviones que el aviador italiano Italo Balbo comandó desde Roma. Fueron recibidos por las autoridades de la ciudad con todos los honores y, en agradecimiento, Mussolini regaló a la ciudad de Chicago una columna romana del puerto de Ostia que data del siglo II d.c., conocida hoy como columna de Balbo.
Tim contaba la historia con fluidez y, al acabarla, guardó un leve silencio calculado para terminar diciendo, con humor que me recordó a las telecomedias de situación norteamericanas, 'Thanks, Mussolini'.
Gracias, Tim, digo yo.

TTB # 2

Nuestra Banana se dirigía hacia el norte por Columbus Drive trazando una larguísima línea recta; al fondo, una estampa de la ciudad que podría ilustrar una lección de geometría de los modernos libros de texto de bachillerato. Tim, que mantenía el ritmo de su entusiasta exposición,  haciéndose eco de un debate surgido en la ciudad nos trasladó la pregunta de si a las gaviotas que pueblan los alrededores del lago Michigan en lugar de llamarlas 'seagulls' (gaviotas en inglés) se les debería llamar 'lakegulls' ('sea' es mar y 'lake' es lago, en inglés). Sea como fuere, las hay a patadas y, por lo visto, de distintos tipos: he leído que en el lago Ontario (otro de los grandes lagos) hay hasta once tipos distintos de gaviotas, por lo que es de suponer que en el vecino Michigan ocurra algo similar. A modo de propuesta, creo que 'plaguegulls' sería un término adecuado para designarlas.

                                                Seagulls or lakegulls?

TTB avanzaba hacia Navy Pier, la siguiente parada. Tim continuaba con sus explicaciones puesto en pie y, justo al momento de llegar al PB Pedestrian Bridge de Frank Gehry, en un gesto teatral hecho con la precisión de quien lo ha repetido muchas veces, se dejó caer en la silla simulando que se había librado de un fatal desenlace al evitar que su cabeza impactara con el puente. Las solteronas de Wisconsin gritaron y celebraron el gesto de Tim.

                                              ¡Cuidado con la cabeza, Tim!

En Navy Pier bajamos de TTB creyendo que pararía durante unos minutos, pero reanudó su marcha nada más bajarnos. Al punto nos dimos cuenta de que habíamos olvidado la funda de la cámara de fotos en nuestro asiento y echamos a correr, gritando, detrás de TTB. Tim se percató de ello, mandó parar el autobús y nos preguntó si dentro de la funda había dinero, contestamos que no y él nos dijo que, en ese caso, nos la devolvía. Gracias de nuevo, Tim.
Ese fue el momento en el que nuestras vidas y la de Tim se separaron, puede que para siempre.
Dimos una vueltecita por Navy Pier y nos zampamos una hamburguesa en el MacDonald's hasta que volviera el próximo TTB. Dedicaré una entrada a dicho lugar en otro momento.

                                                                                       
Unos minutos después tomamos otro TTB. El lugar que Tim había ocupado en nuestro primer tramo del recorrido lo ocupaba ahora una afroamericana de mediana edad cuya exposición nada tenía que ver con la de aquél. Entre cada uno de sus prolongados silencios (extraño comportamiento en una guía de un Top Banana) intercalaba un paquete de información escueto. Mich y yo ibamos solos en el TTB, mirábamos a un lado y a otro a nuestro antojo y a ella no le hacíamos ni caso, lo que tal vez fuera la causa de que su manera cuántica de dar información fuera decreciendo en intensidad y frecuencia. Al lado de la Water Tower el autobús paró nuevamente, bajó la guía afroamericana y subió un guía afroamericano, seguido de un nutrido grupo de blancos y un asiático, todos ellos norteamericanos, muchos de ellos jóvenes.

Cuatro joyas de la zona norte de Michigan Avenue son la Torre del Agua, el John Hancock Centre, la Fourth Presbyterian Church y la Chapel of St. James. La primera, que data de la segunda mitad del siglo XIX, es un edificio a modo de castillo gótico que sobrevivió al gran incendio de 1871 y que albergaba un depósito de agua. No deja de tener cierta gracia aunque pueda parecer un Exin Castillo al tamaño norteamericano. El John Hancock Centre es uno de los rascacielos más altos de Chicago, de aspecto férreo, desde cuyo observatorio se puede contemplar toda la ciudad. 

The Fourth Presbyterian Church y St. James Chapel son dos iglesias de finales del siglo XIX reconstruidas después del gran incendio. Parece que el estilo gótico era el preferido de los arquitectos en aquellos años, en especial el inglés y el francés, un pulcro gótico revival. Al estar rodeadas de grandes rascacielos estas catedrales parecen pequeñas, pero ese contraste con sus vecinos gigantes resulta llamativo.
El último tercio del recorrido de TTB transcurría en su mayor parte por Clark Street, una de mis calles favoritas del downtown. El sol, que estaba casi en su punto más alto, era una bendición, aunque yo continuaba aterido.


Clark St. es una calle bulliciosa por el día y repleta de restaurantes y clubes, locales que suelen encontrarse en bonitos edificios de escasa altura. Entre los más emblemáticos se encuentran el Blue Chicago, un pequeño club de blues con solera, el Portillo's (sus perritos y sandwiches están buenísimos) y el Hard Rock Café.


El tercer guía de nuestro TTB era un afroamericano de mediana edad con aspecto entre rapero y predicador. Salió del Hard Rock Café y se dirigió al autobús con andar saltarín y un suave balanceo y, en un suspiro, agarró el micro y saludó con entusiasmo. La gente celebraba el desparpajo de su speech y yo celebraba su lenguaje corporal, cargado de un extraño ritmo sincopado que pedía a gritos un fondo musical de Dr. Dre o, mejor, de Guru Jazzmatazz. Me sorprendió que nadie hubiera pensado en la conveniencia de ponerle un DJ en el autobús.


Seguimos el recorrido por Wacker Drive, a la orilla del río. A esa hora del día la luz reverberaba en la gigantesca torre de Donald Trump y el viento levantaba polvo de agua del río que cortaba la piel. Esperé que desde los aparcamientos de las torres gemelas de Marina City cayera algún coche al agua como en The Hunter, y que Steve McQueen emergiera del río con su mono azul, expuesto a los disparos de un francotirador. No ocurrió nada de eso, pero ese par de mazorcas lo sugiere.


                                         Torres gemelas de Marina City

Continuamos por el gran cañón arquitectónico que es Wacker Drive hasta la altura de Merchandise Mart, el edificio comercial más grande del mundo, una mole art decó de tal magnitud que parece milagroso que el suelo pueda soportar su peso.


TTB giró a la izquierda para dirigirse a la que sería nuestra parada final, al lado de la Torre Sears (hoy Willis Tower), el edificio más alto de América. Habiamos iniciado nuestra exploración de la ciudad por suelo y ahora tocaba hacerlo desde el cielo.